En las últimas décadas, el tablero sociopolítico español ha experimentado una metamorfosis silenciosa pero profunda. El antiguo eje de la lucha de clases, aquel que articulaba las demandas sociales en torno a la posición económica y el trabajo, está siendo desplazado por un ideal nacional que hoy sirve de refugio y bandera para una parte creciente de la población. España está girando hacia planteamientos donde la nación es el nuevo elemento de cohesión ante un entorno percibido como hostil.
La pérdida de foco de la izquierda y el vacío de clase
Gran parte de este giro se explica por lo que muchos analistas definen como la pérdida de foco de la izquierda tradicional. Al abandonar la defensa a ultranza de las condiciones materiales de la clase trabajadora, la izquierda ha derivado hacia una política de identidades fragmentadas y causas post-materiales que, a menudo, resultan ajenas a los problemas cotidianos del barrio.
Mientras el debate político se centra en cuestiones simbólicas, la realidad de la calle ha quedado huérfana de un discurso que explique la precariedad. Al dejar de hablar del "taller" y de la seguridad económica, la izquierda ha permitido que la derecha y la extrema derecha capitalicen el malestar. La nación se presenta así como la única identidad sólida que queda cuando la identidad de clase ha sido desmantelada.
El factor demográfico y la seguridad de clase
España no es el mismo país que hace veinte años. El incremento poblacional ha sido extraordinario y, en su gran mayoría, ha venido de la mano de una inmigración que ha resultado absolutamente necesaria. Sin embargo, negar la complejidad de este fenómeno es ignorar la realidad de muchos barrios y pueblos.
En estos entornos, la percepción de inseguridad y la presión sobre los servicios públicos han provocado que la identidad de clase se diluya. Para muchos ciudadanos, la amenaza ya no se identifica únicamente en el "patrón", sino en una gestión migratoria que se percibe como una amenaza directa a la seguridad y estabilidad de sus comunidades. Es aquí donde la apelación a la nación ofrece un sentido de pertenencia y protección que el discurso globalista parece ignorar.
Corrupción y desconfianza: El colapso del contrato social
A este escenario se suma una herida abierta en la conciencia colectiva: la pérdida de confianza en la gestión política. Los incesantes casos de corrupción que han salpicado transversalmente a las instituciones han generado una sensación de "saqueo" de lo común. El ciudadano no solo siente que los recursos son escasos, sino que están mal administrados o directamente desviados por una casta política que parece vivir de espaldas a la realidad social.
Esta percepción de impunidad y mala gestión actúa como un disolvente de la fe en el sistema democrático tradicional. Cuando el Estado falla en su ejemplaridad, el ciudadano busca refugio en conceptos más permanentes y emocionales como la patria. La nación se convierte en el estándar de justicia frente a una clase política percibida como extractiva.
Recursos finitos y un Estado bajo sospecha
El giro hacia lo nacional también se alimenta de una frustración tangible: la sensación de que el Estado es incapaz de atender las necesidades de los "nacionales". En un contexto de recursos públicos finitos, la ciudadanía observa con recelo el deterioro de infraestructuras críticas. Aquí unos ejemplos:
-
Sector ferroviario: retrasos y falta de mantenimiento crónico.
-
Apagón eléctrico: Incapacidad para gestionar la red eléctrica que tuvo como consecuencia palmaria el gran apagón de 2025
-
Gestión hídrica: embalses y políticas de agua que parecen no priorizar el futuro del territorio.
-
Sanidad: listas de espera que rompen el contrato social.
Cuando los servicios básicos fallan y la corrupción asoma, surge una pregunta inevitable: ¿A quién protege el Estado? Esta percepción de abandono refuerza la idea de que la prioridad nacional debe ser el eje rector de la política.
El auge de los planteamientos basados en la nación no es un fenómeno espontáneo. Es la respuesta de una sociedad que, ante la incertidumbre global, la corrupción institucional y la orfandad política de clase, busca seguridad en su identidad nacional. Mientras la política no recupere la eficiencia y la ética en la gestión de lo común, el giro hacia la nación seguirá marcando el pulso de la España venidera.








