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Ignacio Cavero; El coloso en territorio hostil - Por Antonio Sánchez

Con Mundo Sumo, Ignacio Cavero levanta una mitología neopop en la que el cuerpo más codificado de Japón circula por los emblemas de Occidente y los obliga a...

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Con Mundo Sumo, Ignacio Cavero levanta una mitología neopop en la que el cuerpo más codificado de Japón circula por los emblemas de Occidente y los obliga a responder.

Hay artistas que eligen un motivo y artistas que se apropian de un territorio. Ignacio Cavero (Madrid) pertenece al segundo grupo. Con Mundo Sumo ha hecho suya una figura prácticamente inédita en el arte contemporáneo occidental: el luchador de sumo, un personaje con más de un milenio de historia que en Japón se contempla como canon de belleza y que en Europa todavía produce extrañeza. Esa distancia perceptiva es el material con el que trabaja.

La operación es nítida. Cavero extrae al coloso de su único hábitat legible (el dohyō, el círculo de combate) y lo suelta en escenarios donde no pinta nada: la cresta de una ola, la cubierta de una lancha Riva, una calle de Montmartre, el interior del Panteón de Roma, un portaaviones, el ruedo. El cuerpo entrenado para una sola función, expulsar al rival fuera de un perímetro, aparece ahora sin perímetro, midiéndose con un imaginario ajeno. De ese desajuste nace la serie entera.

Bajo el humor hay una tesis dura. El sumotori y el toro de lidia comparten una condición extraña: son seres cuya existencia se justifica por entero en su destino de combate. Sin lucha no hay raza ni oficio; el volumen del uno y la bravura del otro son fisiologías programadas, no elecciones. Cavero los coloca en la misma plaza y deja que el espectador saque la cuenta. El cruce con la tauromaquia funciona como un modo de pensar la cultura en tanto que mecanismo que fabrica cuerpos para un papel y después los celebra. Ahí, por debajo de la sonrisa, está la dureza de la colección.

Formalmente, el sello se reconoce a primera vista. Ilustración vectorial digital de principio a fin, ejecutada a mano con lápiz óptico y sin inteligencia artificial, un dato que Cavero documenta trazo a trazo y que en el mercado actual opera como certificado de autoría. El contorno negro y grueso cierra las sombras del cuerpo y suprime las transiciones, de modo que la masa del luchador se lee como un bloque rotundo, casi escultórico, antes de que el ojo registre el color. Y el color es deliberadamente excesivo: una policromía pop que el medio digital empuja hasta saturaciones imposibles al óleo. Esa alianza de línea cerrada y cromatismo plano tiene genealogía. Remite al ukiyo-e, la gran ola sobre la que cabalga el surfista no oculta su deuda con Hokusai y, más cerca, al pop español de Equipo Crónica, que ya introdujo figuras incongruentes en escenas codificadas y recodificó emblemas nacionales, los toros incluidos, con un lenguaje plano y frontal.

A esa herencia Cavero le suma la cronología del presente: el manga. Los personajes que asoman entre los luchadores, con Astro Boy reconocible más de una vez, hacen de guiños protectores y de marca de época. Conviene una precisión. La integración de iconografía manga y la planitud del color acercan la obra a lo que Takashi Murakami teorizó como superflat, esa abolición de la jerarquía entre alta cultura y cultura popular japonesa. Donde Murakami ornamenta la superficie, Cavero cuenta: cada pieza es una escena, el fotograma de un relato global por el que el coloso viaja. Su pasado como director de arte en la publicidad internacional se percibe en esa eficacia, en lograr que una sola imagen narre y retenga la mirada.

El propio artista ha resumido el sentido último de la serie como un darwinismo social y antropológico: dos culturas en apariencia opuestas, Japón y Occidente, que evolucionan por caminos divergentes y se revelan más próximas de lo que suponíamos. La obra circula con esa idea por delante, y fuera de España se lee como exótica sin tropezar con barrera cultural alguna. El extrañamiento que en un sitio incomoda, en otro seduce.

El proyecto está pensado, además, con una lucidez poco habitual en el sector. Cavero lo gestiona como una marca: temática propia y apropiada, vocación internacional y una variedad calculada que le permite alcanzar coleccionismos distintos. La escultura, resina impresa en 3D a partir de los mismos personajes y acabada en cromados y porcelana junto al taller Tecmolde, expande el universo sin diluirlo. Quien entre en Mundo Sumo se topará con una obra que divierte en el primer golpe de vista y que, en el segundo, deja una pregunta incómoda sobre los cuerpos que una cultura decide producir y admirar. Pocas trayectorias tan recientes reciben a la vez la aprobación del público y la petición de una pieza para un museo. Cavero ha logrado ambas cosas, y con un personaje que nadie más se había atrevido a sacar de su sitio.

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