Stick Noticias

Mónica Conde y la infancia como forma de mirar

Hay una decisión, en la obra de Mónica Conde, que se toma antes que cualquier otra y que lo explica casi todo: pintar a la altura de los ojos de un niño. No...

PUBLICIDAD

Hay una decisión, en la obra de Mónica Conde, que se toma antes que cualquier otra y que lo explica casi todo: pintar a la altura de los ojos de un niño. No sobre la infancia, como quien la observa desde la nostalgia adulta, sino desde ella, con su lógica intacta, donde una urraca puede traer un anillo, un colibrí puede cargar el tiempo colgado de una cadena y un erizo puede ser, sin más explicación, un sombrero. Para el coleccionista, el galerista o el crítico que se acerca por primera vez a estas pinturas, conviene despejar de entrada un malentendido: esta no es una pintura sobre niños. Es una pintura sobre el asombro, ejecutada con un rigor técnico que la sitúa en la mejor tradición del realismo figurativo.

El oficio como argumento

Lo primero que se impone, incluso antes que la anécdota, es la factura. Conde pinta el pelaje de un zorro, los rizos de una niña, la seda de una casaca dieciochesca o las púas de un erizo con una minuciosidad que no es alarde, sino convicción: la de que la realidad merece ser mirada despacio. En un mercado que ha vuelto a valorar, y a cotizar, la maestría técnica del realismo contemporáneo, esa solvencia no es un detalle menor. Es, de hecho, la primera garantía que busca un coleccionista serio: la de estar ante alguien que domina su medio hasta el punto de poder desaparecer detrás de él.

Pero el virtuosismo, por sí solo, produce ilustración. Lo que distingue a Conde es que ese oficio está siempre al servicio de una idea, y casi nunca de la más obvia.

Animales que no son adornos

En cada pieza, un niño comparte el cuadro con un animal, y ese animal nunca está de más. Funciona como emblema, como en la mejor pintura simbolista. La urraca de Marry me, ave que roba objetos brillantes, sostiene un anillo sobre una jaula abierta: el deseo, la promesa y la libertad convocados en una sola imagen infantil.

El erizo de My home is wherever I am with you corona a una niña de trenzas y pecas como una diadema improbable, y convierte una frase sentimental en una declaración sobre la pertenencia.

En Time flies, un colibrí sostiene un reloj de bolsillo por su cadena mientras un niño lo mira con la boca abierta: el tiempo, literalmente, a punto de escapar volando. Ese motivo, el pequeño animal y el objeto suspendido de una cadena, entronca, con una de las cumbres del retrato infantil: el Niño con ardilla que John Singleton Copley pintó en 1765, donde el animal atado por una cadenilla dorada servía para exhibir a la vez el refinamiento del modelo y la destreza del pintor. La resonancia es reveladora: Waiting with the squirrel, con su niño de boina y su ardilla al hombro sobre un fondo tenebrista, dialoga sin complejos con esa herencia. Conde no cita: hereda. Y hereda una tradición ilustre, la de Velázquez y sus infantas, la de los niños de Murillo, la del Reynolds de La edad de la inocencia, que ha hecho de la infancia uno de los grandes temas de la pintura occidental.

Realismo mágico, no cuento ilustrado

El riesgo de este territorio tiene nombre: la estampa dulce, la felicitación de lujo. Es justo el precipicio que Conde bordea sin caer, y merece la pena entender por qué no cae.

No cae porque bajo la ternura late siempre una segunda lectura, casi siempre melancólica. Sus relojes, el de estación fechado en Utrecht 1933, el de bolsillo del colibrí, son advertencias de tempus fugit deslizadas en escenas de apariencia amable. Sus niños esperan (en un andén, junto a un zorro, frente a un tren que se va), y la espera es uno de los grandes asuntos adultos. La jaula abierta, la promesa que un pájaro se lleva, el instante siempre suspendido antes de que algo ocurra: hay en estas obras una conciencia del paso del tiempo y de la fragilidad de la infancia que las salva de la mera dulzura y las inscribe en el realismo mágico, no en el cuento ilustrado. La emoción está, pero está trabajada, no regalada.

Un mundo reconocible

Vista en conjunto, la obra revela lo que el mercado más aprecia y más difícilmente se finge: un mundo propio y reconocible. Paletas de maestros antiguos, fondos atmosféricos, niños de mirada luminosa y presencia psicológica real, animales-emblema, dispositivos de realismo mágico y una recurrencia de motivos, el tiempo, la espera, la ternura, el vínculo entre el niño y lo vivo, que funcionan como una gramática coherente. Quien colecciona una obra de Conde no adquiere una imagen aislada, sino la entrada a un universo.

Los títulos, Marry me, Time flies, Tenderness, Cheese for three, señala una obra pensada para circular más allá de una frontera, en un segmento, el del realismo figurativo narrativo, con demanda internacional sólida y un público que valora precisamente la conjunción que Conde ofrece: virtuosismo técnico, accesibilidad emocional y una capa simbólica que le da defensa crítica.

Lo que se adquiere

Se puede afirmar, con las obras delante, es que Mónica Conde ha construido algo infrecuente: una pintura técnicamente exigente, temáticamente coherente y emocionalmente accesible sin renunciar a la profundidad. Trabaja un tema tan antiguo como la pintura misma, la infancia, el asombro, el tiempo, con un lenguaje que es a la vez heredero de los grandes retratistas y plenamente contemporáneo.

Sus niños miran siempre un segundo antes: antes de que el pájaro levante el vuelo con el anillo, antes de que el tren parta, antes de que el reloj del colibrí termine de escaparse. En ese instante suspendido, entre lo que se tiene y lo que se va, cabe toda una obra. Y cabe, también, la razón por la que merece ser mirada despacio.

ÚNETE A NUESTRO BOLETÍN