Cada 30 de julio, desde 1985, se celebra el Día Internacional de la Tarta de Queso. En España la efeméride llega en pleno boom: lo que era un antojo viral se ha convertido en una categoría con marcas propias. Por qué ha pasado-y cómo hay quien lo está industrializando sin perder el alma.
Por Equipo Cake-me
Hay pocos postres que se hayan ganado su propio día en el calendario. El cheesecake es uno de ellos: cada 30 de julio, desde 1985, se celebra el Día Internacional de la Tarta de Queso. Y este año la fecha llega a España en un momento dulce-nunca mejor dicho, , con la tarta de queso convertida en uno de los grandes fenómenos gastronómicos de la última década.
El detonante fue la tarta de queso vasca, esa versión de exterior tostado e interior casi líquido que saltó de los asadores del norte a las cartas de medio mundo. Detrás llegaron las versiones virales, los sabores imposibles y una oleada de locales dedicados en exclusiva al producto. En ciudades como Barcelona, la competencia ha llegado incluso al precio: cheesecakes artesanos a 0,99 € y una auténtica batalla por la esquina.
Un postre más viejo de lo que parece
Aunque hoy triunfe en las redes, la tarta de queso es uno de los postres más antiguos que se conocen. Ya se comía en la Antigua Grecia: hay referencias a que los atletas de los primeros Juegos Olímpicos, en el año 776 a.C., la tomaban como fuente de energía. De Grecia pasó a Roma y, de ahí, cada cultura hizo la suya. En España existen la quesada pasiega de Cantabria; en Italia se elabora con mascarpone o ricota; la Grecia moderna la prepara con feta y Alemania con queso cottage. La versión que hoy consideramos «clásica», con queso crema, se popularizó en Estados Unidos en el siglo XIX. Casi 2.800 años después, el postre sigue de moda.
De la moda al modelo de negocio
Que un postre esté de moda no lo convierte automáticamente en un negocio. La diferencia está en poder servir el mismo producto, con la misma calidad, en muchos sitios a la vez-y ganar dinero haciéndolo, . Ahí es donde algunas marcas están dando el salto.
Un ejemplo es Cake-me, nacida en Barcelona en 2025, que en su primer año ha abierto casi veinte puntos de venta en tres ciudades. Sus fundadores, Ana y Daniel, una pareja brasileña procedente del sector farmacéutico, trajeron la idea de un viaje a Japón, donde descubrieron la cultura del cheesecake para llevar. Empezaron horneando pruebas en la cocina de casa y, desde muy pronto, montaron lo que hoy sostiene su crecimiento: un obrador central, logística propia y un modelo de franquicia sin royalties.
«La gente cree que el cheesecake es una moda nueva, y es de los postres más viejos del mundo: los atletas griegos ya lo comían. Lo nuevo no es la tarta; es hacerla artesana, buena y a 0,99 € en veinte esquinas a la vez.»
Ana y Daniel, fundadores de Cake-me
El negocio se aprecia en los detalles. La tarta clásica cuesta 0,99 €, un precio-gancho que invita a probar sin pensárselo; pero el ticket medio ronda los 3,40 €, señal de que el cliente no compra una porción, sino una experiencia: variedades especiales, toppings, una bebida. El antojo de un euro se convierte, sumado, en una categoría que factura.
Hacia dónde va el próximo bocado
El pulso de la categoría lo marcan los sabores: Ferrero Rocher, Kinder Bueno, Pistacho, Lotus, chocolate blanco, y la capacidad de reinventar un clásico sin traicionarlo. La efeméride del 30 de julio funciona, más que como excusa para comer tarta, como termómetro: cuando un postre tiene su propio día en el calendario y marcas que compiten por él, es que ha dejado de ser una moda para convertirse en una categoría con derecho propio.
Así que este 30 de julio hay motivo para celebrar con una porción. La historia, casi 2.800 años, invita a ello.
Sobre Cake-me
Cake-me es una marca de cheesecake gourmet urbano nacida en Barcelona en 2025, especializada en tarta de queso artesana en formato para llevar. Con obrador central, logística propia y un modelo de franquicia sin royalties, opera casi 20 puntos de venta en tres ciudades. Más información en thecake-me.com.




