Durante décadas hemos medido el progreso de nuestras sociedades a través de cifras que resultan imprescindibles: crecimiento económico, empleo, renta, esperanza de vida, educación, pobreza o desigualdad. Son indicadores fundamentales, pero hay una pregunta que no siempre encuentra en ellos una respuesta completa: ¿cómo viven las personas esa realidad?
Navarra acaba de dar un paso importante después de que este Gobierno haya incorporado, por primera vez, el bienestar subjetivo de la ciudadanía como una nueva dimensión que nos permite analizar mejor la realidad de la Comunidad Foral y contribuir al diseño de las políticas públicas. El objetivo es tan simple como nuclear: conocer mejor cómo se traducen esos grandes indicadores económicos y sociales en la vida cotidiana de las personas.
Puede parecer, a primera vista, una cuestión estadística, pero no lo es. Detrás de esta decisión hay una determinada manera de entender la política y la gestión pública. Gobernar no consiste únicamente en mejorar los indicadores, consiste sobre todo en mejorar la vida de las personas y, por eso, debemos ser capaces de medirlo.
Durante mucho tiempo hemos asumido que, si crece la economía, aumenta el empleo o mejora la renta, necesariamente incrementa también el bienestar. En buena medida es así, es condición necesaria. Pero no siempre, ni para todas las personas, ni con la misma intensidad.
Una sociedad puede presentar buenos datos de empleo y mantener, al mismo tiempo, problemas de precariedad o de conciliación. Puede aumentar la renta media y persistir una elevada preocupación por la vivienda. Puede mejorar la esperanza de vida y crecer la sensación de soledad. Puede disponer de unos servicios públicos de calidad y, sin embargo, deteriorarse la confianza en las instituciones.
Está claro que los indicadores objetivos nos cuentan una parte de la historia. Preguntar a las personas nos permite conocer otra. Y esa segunda mirada no debe entenderse como una alternativa a los datos económicos y sociales. Al contrario, los complementa.
El bienestar subjetivo incorpora cuestiones como la satisfacción con la vida, el sentido o propósito vital, las emociones, las relaciones sociales, las expectativas o la percepción que cada persona tiene de su propia situación. Son dimensiones difíciles de reducir a una cifra económica, que superan incluso a las propias políticas públicas, pero que forman parte de aquello que finalmente llamamos calidad de vida.
Existe desde hace años un movimiento internacional que plantea superar una concepción del progreso excesivamente vinculada al Producto Interior Bruto (PIB). Naciones Unidas, la OCDE y diferentes países han trabajado en medidas de bienestar y calidad de vida que complementan los indicadores tradicionales. Navarra se incorpora ahora de manera más sistemática a esa corriente.
Lo verdaderamente relevante será, sin embargo, qué hagamos con esa información. Porque medir por medir no transforma ninguna política pública. El valor de esta iniciativa estará en que los datos sobre bienestar sirvan para tomar mejores decisiones.
Pensemos en la vivienda. No basta con conocer cuántas viviendas se construyen, cuántas son protegidas o cuál es el precio medio. También importa saber si las personas jóvenes pueden emanciparse, si las familias viven con incertidumbre respecto a su vivienda o si una política determinada mejora realmente su seguridad residencial.
En cuanto al empleo, la tasa de ocupación es imprescindible, pero también lo son la estabilidad, la autonomía económica, la conciliación y la satisfacción con el trabajo.
Respecto a los servicios públicos, no es suficiente conocer recursos, actividad o tiempos de respuesta. También necesitamos saber si las personas sienten que reciben una atención adecuada, si encuentran soluciones y si confían en las instituciones que los prestan.
En realidad, se trata de pasar de una Administración que mide principalmente lo que hace a otra que también tiene en cuenta lo que consigue en la vida de las personas.
Navarra ya ha avanzado en esa dirección en otros ámbitos. El Gobierno viene desarrollando herramientas de participación, transparencia y evaluación de políticas públicas. Precisamente, el II Plan de Gobierno Abierto 2025-2028 sitúa de manera expresa a la ciudadanía en el centro de la gobernanza. Asimismo, existen antecedentes de estudios periódicos sobre la percepción ciudadana de los servicios públicos con el objetivo de conocer necesidades, detectar mejoras y evaluar la confianza en las instituciones.
Ahora, con la incorporación de esta nueva dimensión damos un paso más: pasamos de escuchar a la ciudadanía para conocer su opinión sobre los servicios a utilizar sistemáticamente ese conocimiento para evaluar el impacto de las políticas sobre su bienestar.
Y en todo esto hay, además, una consecuencia democrática que me parece especialmente importante.
Preguntar cómo viven las personas no significa gobernar a golpe de encuesta. Significa reconocer que las estadísticas administrativas, por muy sofisticadas que sean, nunca pueden sustituir completamente a la experiencia de quienes reciben las políticas públicas.
La Administración sabe cuántas personas utilizan un servicio, pero solo la ciudadanía puede decirnos si ese servicio les ha resuelto realmente un problema.
La Administración sabe cuánto se invierte, pero solo los ciudadanos y las ciudadanas pueden decirnos qué ha significado esa inversión en su vida.
Todo esto exige también asumir algo que debería ser normal en Democracia. Los datos de bienestar no tienen por qué dar siempre buenas noticias a un Gobierno. Y, precisamente, por eso son útiles. Una política pública verdaderamente basada en la evidencia debe estar preparada para descubrir que una actuación no produce el efecto esperado, que determinados colectivos no se benefician de ella como otros o que un problema considerado secundario resulta ser central para la ciudadanía.
Ahí está el verdadero valor político de esta iniciativa.
En definitiva, gobernar es tomar decisiones sobre la vida de las personas. Por eso, tiene todo el sentido que, además de mirar las estadísticas, miremos también a las personas.
El progreso tiene cifras, pero también tiene rostros, experiencias y vidas. Una buena política pública debe ser capaz de medir ambas cosas. En ello está el Gobierno de Navarra, un gobierno que pone a las personas en el centro de todas sus planes, estrategias y decisiones.
Javier Remirez Apesteguia Vicepresidente primero y consejero de Presidencia e Igualdad Gobierno de Navarra



