Fin del ébola en el noreste de la República Democrática del Congo: la única alegría en medio de un panorama desalentador

El 1 de junio se detectó una nueva epidemia de ébola en la provincia de Ecuador. Además, al tiempo que crece alarmantemente el número de casos de COVID-19, comienzan a verse los efectos devastadores de la pandemia en cuanto al tratamiento de otras enfermedades

  • La RDC acaba de superar la barrera de los 6.000 casos confirmados de COVID-19, con un total de 6.213 positivos y 142 fallecidos. Kinshasa, aglutina el 90% de ellos.
  • 480.000 personas han huido de sus hogares de sus hogares desde que la violencia se intensificó en el país a finales de marzo, casi el 75% del total de personas que se han visto desplazadas en todo el mundo durante la pandemia. Estos desplazamientos pueden llevar el virus a lugares donde aún no estaba.
  • El país, cuya extensión es cinco veces la de España y que cuenta con más de 80 millones de habitantes, hasta hace pocos días solo disponía de un laboratorio para realizar las pruebas de COVID-19. Los pacientes tardan hasta dos semanas en recibir los resultados.
  • Además del impacto directo que tiene la COVID-19 en los pacientes, MSF advierte de los efectos secundarios que está provocando la pandemia en cuanto al tratamiento de otras enfermedades como el VIH/SIDA, la malaria y la tuberculosis, y en el acceso de la población a los servicios de salud.
  • En el centro de tratamiento COVID-19 del Hospital Saint Joseph, MSF trata a docenas de pacientes, incluido un número cada vez mayor de personas con necesidad de recibir oxígeno.

En un país que ya luchaba a duras penas con el sarampión y con dos epidemias de ébola (la que afectaba al noreste del país, la segunda más grave de la historia a nivel mundial, ha sido dada por concluida justo hoy tras dejar más de 2.200 muertos confirmados en dos años), la pandemia de COVID-19 se ha ido extendiendo gradualmente desde que el pasado 10 de marzo se diera a conocer la aparición del primer caso en Kinshasa.

Para reducir la propagación del nuevo coronavirus, particularmente en su capital de 13 millones de habitantes, las autoridades tuvieron que adoptar rápidamente medidas preventivas, entre las cuales destacan las restricciones de movimiento, el confinamiento parcial de ciertos distritos, el uso obligatorio de mascarillas y las actividades de sensibilización y concienciación a nivel masivo para que la población adoptase las medidas de protección adecuadas.

A pesar de estas medidas, los casos han seguido aumentando y ya se ha confirmado 6.200 positivos de COVID-19 en estos tres últimos meses, una cifra que con toda seguridad es mucho mayor, dado que apenas hay capacidad de hacer pruebas diagnósticas en gran parte del país.

Ante el peligro que representa el nuevo coronavirus, MSF estableció rápidamente intervenciones específicas en todos sus proyectos, en Kinshasa y en otras partes del país, fortaleciendo de inmediato las medidas de prevención, instalando espacios de aislamiento dentro de los hospitales y centros de salud en los que trabaja y llevando a cabo actividades de sensibilización comunitaria.

En Kinshasa, hemos organizado equipos móviles para apoyar unas 50 estructuras de salud de la capital”, explica Karel Janssens, coordinador general de MSF en la RDC. “Nuestros equipos han fortalecido las medidas de higiene allí, han proporcionado mascarillas y gel desinfectante, y han formado al personal médico y a los trabajadores comunitarios en la prevención y el control de infecciones. Proteger al personal y a los pacientes ha sido desde el principio nuestra máxima prioridad”.

Casos cada vez más graves

Unas semanas después del inicio de la pandemia en el país, MSF también comenzó a apoyar al hospital Saint-Joseph, situado en la zona sanitaria de Limete. Se ha establecido una unidad de atención para pacientes con síntomas leves y moderados, que cuenta con una capacidad de 40 camas. Desde principios de mayo hasta principios de junio, el centro ha tenido un promedio de 30 pacientes hospitalizados por día.

Al comienzo de nuestra intervención, la mayoría de los pacientes que recibíamos presentaban formas leves de la enfermedad“, explica Karel Janssens. “Pero desde mediados de mayo, hemos constatado que los pacientes llegan en un estado cada vez más grave. Actualmente, de los 21 pacientes que tenemos ingresados, 6 están recibiendo terapia de oxígeno”.

Jean-Pierre es uno de los muchos pacientes que han pasado por Saint JosephEstuvo 10 días ingresado y hoy podría recibir el alta. “Antes de venir, tenía dolores de cabezay en el cuerpo y tos”, explica. “Había tomado medicamentos, pero no mejoraba. Mi esposa y mis hijos me animaron a venir a Saint-Joseph para hacerme las pruebas. Cuando los resultados dieron positivo, me hospitalizaron y quedé ingresado por unos días. Hoy me siento bien, recuperado y con fuerzas. Me han tomado otra muestra para llevar a cabo otra prueba y aún estoy esperando los resultados. Con un poco de suerte podré irme a casa”.

El país, cuya extensión es cinco veces la de España y que cuenta con más de 80 millones de habitantes, hasta hace pocos días solo disponía de un laboratorio para realizar las pruebas de COVID-19, por lo que los pacientes tienen que esperar mucho tiempo hasta obtener los resultados. Eso incluye a aquellos que están esperando en los centros de salud a ser dados de alta. En Saint-Joseph, más del 10% de los pacientes tuvieron que esperar durante más de dos semanas hasta recibir los resultados de sus pruebas biológicas. Esto provoca situaciones muy difíciles tanto para los casos sospechosos, como para aquellos pacientes que ya se han recuperado y que no pueden abandonar el centro para seguir adelante con sus vidas. También provoca un colapso a nivel hospitalario, ya que se mantiene ingresados a pacientes curados en camas que deberían ser destinadas a quienes están en espera de recibir un tratamiento que en ocasiones puede resultar vital.

El efecto oculto de COVID-19 en la atención sanitaria

La poca capacidad para hacer pruebas diagnósticas y los largos plazos de espera para recibir los resultados no son los únicos desafíos que plantea la respuesta a la COVID-19 en la capital congoleña. Desde la declaración de la pandemia, MSF ha observado una marcada caída en el número de consultas e ingresos en las estructuras médicas que apoya en Kinshasa, incluido el número de personas que acuden a recibir tratamiento en el Kabinda Hospital Center (CHK), su centro de atención para personas VIH positivas

En el Centro Hospitalario Kabinda, el número de consultas por VIH se redujo en un 30% entre enero y mayo”, señala Gisèle Mucinya, coordinadora médica de la clínica. “Y en el `Centro Madre e Hijos’ de Ngaba, apoyado también por nuestra organización, se registró una caída del 44% en las consultas generales que se pasaron entre enero y abril. Son datos muy preocupantes”, añade.

En la misma línea de preocupación se expresa el doctor Rany Mbayabu, director gerente del hospital privado Mudishi Liboke. “Desde marzo, las consultas han caído más de la mitad. Hemos pasado de atender a aproximadamente 250 pacientes por mes a solo 100. Nuestros pacientes nos dicen que tienen miedo de contagiarse con el coronavirus si acuden a nuestra consulta. Otros argumentan que las restricciones impuestas en el transporte y el impacto económico que está teniendo la crisis les dificulta el poder llegar hasta el centro”.

Si en MSF hemos constatado una bajada en la asistencia tanto a nuestros centros médicos como a las estructuras que respalda nuestra organización, a pesar de que los tratamientos y consultas que ofrecemos en ellos son completamente gratuitos, es altamente probable que esté pasando lo mismo, y quizás aún en mayor medida, en otras estructuras sanitarias de la capital. Dado que muchos pacientes están dejando de recibir la atención médica y los tratamientos que necesitan para combatir otras patologías, es posible que la tasa de mortalidad de esas otras enfermedades aumente y cause muchas más víctimas de las que dejará la propia COVID-19”, explica Gisèle Mucinya.

“Muchas personas temen ser contagiadas con el virus si van a centros de salud que, según ellos mismos, no cuentan con el material de protección adecuado. También tienen miedo a ser aislados durante mucho tiempo debido a la larga espera que hay que hacer hasta recibir el resultado de las pruebas. En otros casos es el miedo a sufrir rechazo por parte de otros miembros de su comunidad”, señala Karel Janssens. “Esta situación puede poner sobre todo en peligro a las personas que necesitan recibir tratamiento y seguimiento continuo para patologías como diabetes, tuberculosis, malaria o VIH/sida

Ante esta situación, MSF alerta de la necesidad de facilitar más equipos de protección personal a los centros de salud y estructuras médicas “Es la única manera de mejorar el grado de confianza de los pacientes y, a su vez, fortalecería los esfuerzos para contener la propagación de la COVID-19. También ayudaría a poder seguir ofreciendo todos esos otros servicios médicos esenciales que están dejando de prestarse”, explica el coordinador general de MSF.

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