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La era del «amovilipollamiento», o de la penumbra reflexiva

Hemos entrado en una era en la que la pequeña pantalla ha eclipsado una turbante «guerra de miradas» en un bar y está consiguiendo que las nuevas generaciones no sepan ni discernir entre una oferta de un supermercado o una cita de Platón

Estamos hablando de algo serio. De algo que trastocará o variará las relaciones sociales sin ningún rubor. De algo que ha entrado en el inconsciente individual y colectivo y que derrumbará las formas que hasta ahora hemos tenido de relacionarnos entre iguales.

No es todo negativo, obviamente. Los móviles y sus herramientas informan, relacionan también al momento, hacen que el Whatsapp, por ejemplo, sirva para interactuar de manera instantánea y privada cuando antes no se podía. Efectivamente, tienen su lado positivo, como muchos medios. Pero, paralelamente, tienen un perfil que inhiben las relaciones interpersonales de manera supina. Suprimen la interacción, el conocimiento del otro de una forma absolutamente radical.

Cuando escuchamos a Marck Zuckemberg hablar de la mejora
de la «experiencia del usuario», uno se asusta. Una persona, que, siendo bastante limitada en términos de relaciones sociales pero que ha sabido crear un imperio con su herramienta de perfiles «sociales» recomendados, hable de las experiencias de los usuarios con una pantalla resulta hiriente y, curiosamente, atractivo. Uno, cuando reflexiona sobre las experiencias sociales, piensa en hablar, tocar, mirar, observar, sentir, sufrir. Nada más lejos que lo que se ofrece en la actualidad desde sus plataformas y desde sus instrumentos de interacción. Si darle a un botón para reconocer a gente que no conoces o conoces sea lo más socialmente visceral que uno se pueda encontrar como experiencia puede que nos estemos volviendo locos. Seamos serios. Facebook solo funciona porque proporciona reconocimiento virtual a la gente. Nada de experiencias de usuario ni bobadas. Básicamente genera endorfinas con cada like.

Es triste diría, ir en el metro o autobús y no cruzar ninguna mirada con nadie porque el 70 % de los viajeros están «amovilipollados» o, el momento en que el mundo se difumina y solo existimos yo y la pantalla. Con su mirada fija al móvil en un estado independiente, de burbuja, al del mundo que nos rodea. Un estado que habría que definir, ya, como de atrofia social que, aunque no lo parezca, en una era de la hiperconexión, realmente, hiperconecta nada entre la nada.

No nos damos cuenta pero, a pesar de sus positivas funcionalidades, estamos generando una era de auténtica penumbra reflexiva. No razonamos porque no tenemos tiempo para hacerlo ya que el móvil nos lo invade. El tiempo de la reflexión, ese espacio interior, personal e inviolable ha sido conquistado por las diferentes plataformas de la forma más veloz y lasciva posible.

No hay tiempo que perder. Debemos estar «conectados» en esta o en aquella red, que si no, puede que nos conectemos a nosotros mismos. Y eso da mucho miedo.

Verdad es que en esta era, cualquier persona puede trascender a su esfera individual. Incluso, se pueden crear medios de comunicación que, en otras situaciones, no podrían ser más que una idea en un cerebro. Es más, nuevos políticos pueden surgir de un tweet o de un debate en la Sexta bien altavoceado por 30 seguidores avispados. Es una nueva época. Ni mejor ni peor que las anteriores, pero sí, diferente, en la que habrá que hilar muy fino para que ideas mesiánicas y absurdas no puedan subir a los altares de los móviles, de nosotros.

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