Stick Noticias

La poesía irreverente de Seli Ka, 'Una lancha motora', llega a las librerías

La poesía de Seli Ka (Madrid, 1995) se escribe con los nudillos, desde ese lugar donde el cansancio deja de ser una queja para transformarse en una forma de...

PUBLICIDAD

La poesía de Seli Ka (Madrid, 1995) se escribe con los nudillos, desde ese lugar donde el cansancio deja de ser una queja para transformarse en una forma de defensa propia. Tras el impacto de su debut, Si yo fuera una asesina (Inflamavle. 2018), la autora regresa para confirmar que su obra no es una búsqueda estética acomodada, sino un artefacto de colisión. Su nuevo poemario, Una lancha motora (Cuadernos del Laberinto, 2025), se presenta como un manual de resistencia contra lo que ella define como el «secuestro del trabajo», la crónica de una deserción escrita por alguien que sabe que la realidad, a menudo, es una celda con vistas a un intercambiador de transportes.

Para Seli Ka, la escritura es un proceso puramente somático. No se puede entender su obra sin su formación en Teatro del Gesto en la RESAD; ella no usa la palabra como un adorno, sino como un músculo que se tensa. Al preguntarle sobre su método, la respuesta es tajante: «El cuerpo es central. Hay que poner todo el cuerpo, siempre, en todo. Si no, ¿cómo? No veo otra forma. La intelectualidad para mí, parte de entender el cuerpo como canal para la experiencia del vivir, con sus dolores y sus placeres, con sus enfermedades y sus trucos».

Esta máxima atraviesa cada página de UNA LANCHA MOTORA donde el cuerpo no es una entidad mística, sino una entidad que se lesiona en el gimnasio, que se medica, que suda y que colapsa bajo el peso de la productividad obligatoria. Seli se reivindica en los márgenes de lo que la sociedad considera «útil». Su creatividad florece precisamente allí donde el sistema falla o aburre: «Creo que hay que saber colarse por todas las rendijas. Mi ambiente ha hecho aflorar mi creatividad, ya sea por el entrenamiento en la investigación y la escritura, o por el aburrimiento en algunas clases que me empuja a escribir para combatir el sueño».

El título del poemario es una declaración de guerra contra la inmovilidad. La lancha motora es el símbolo de una autonomía que se gesta en el deseo de abandono. Seli confiesa que este libro es el mapa de un impulso recurrente: «Ante todo, huyo del secuestro del trabajo. Pero también de mí misma, de mi casa, de mi ciudad. Sé que la necesidad de estar buscando siempre ‘’otra cosa’’ forma parte de mi carácter... Paso muchas horas regodeándome en el pensamiento fantástico, y es algo divertido, pero también causa dolor y una sensación constante de insatisfacción».

Esa insatisfacción no es un capricho adolescente, sino un diagnóstico lúcido de la precariedad contemporánea. Casi todos los poemas fueron escritos desde la extranjería o desde el cautiverio laboral: «Casi todos los poemas se relacionan con ese impulso de huida, ya sea por ser escritos estando de viaje o fuera de la ciudad en la que vivo, o por ser escritos pensando en escapar de donde estoy: casi siempre secuestrada en algún trabajo aburrido». Para la autora, la poesía es la herramienta para construir un lugar donde el horror no tenga la última palabra: «Este mundo no basta, a este mundo le faltan belleza y justicia, y le sobran tremendos horrores. Hay que ir hacia otro».

Seli Ka maneja lo que ella denomina una «lengua bífida», una capacidad camaleónica para dominar tanto el escenario del hip-hop con Las Moscas y El no de las niñas como el rigor académico. Sin embargo, advierte una frontera clara entre el texto «escupido» y el texto impreso. Mientras que en la música se somete a la tiranía del ritmo y la rima, en la poesía busca una intimidad que solo permite el papel: «Aquí la lengua es bífida, permite compartir la tensión del papel, es más íntima y menos organizada. No busco efectos concretos cuando escribo poesía, ni trato de seguir las normas que yo misma me impongo en el rap».

Su proceso creativo es, además, una bofetada al concepto de «disciplina artística» tradicional. Seli escribe por atracón, cuando la necesidad desborda: «Escribo poco y muy de seguido. Puedo estar semanas o meses sin escribir nada y de repente atiborrarme en tres días... Me gusta que la gente lea lo que escribo, leérselo a amigas... me gusta colectivizar los textos, siento que así les quito importancia, les quito peso». Esta voluntad de «quitar peso» es lo que hace que sus poemas resulten tan cercanos y, a la vez, tan devastadores.

La autora habla sobre una flor a la que no se le puede pedir amor ni memoria. Es la victoria del ser frente al deber ser: «Una flor no piensa, no se lía, no supera sus miedos... No tiene vergüenza ni memoria, no tiene expectativas... No da nada porque no tiene nada. Tan fácil una flor». Esa facilidad es la que Seli busca para su propia existencia, una forma de «estar» que resista a la interpretación ajena.

No es de extrañar que, al preguntarla por sus referentes, invoque a una de las figuras más incómodas del siglo XX: «Me iría de cañas con Pasolini, sin ninguna duda». Como el cineasta italiano, Seli Ka observa la degradación del presente con una mirada que no perdona, buscando la verdad entre las ruinas de lo cotidiano.

Una lancha motora no es un punto de llegada, sino el motor de algo que está por venir. «Este poemario pretende ser el germen de una pieza escénica. Sin duda tendrá que ser un espacio rodeado de caballos. El caballo, como la lancha, representa ese elemento de escape: coger una lancha para dejarlo todo, ser un caballo y cambiarlo todo. La huida, la potencia, la belleza, la quietud».

Leer a Seli Ka es recordar un grafiti que ella misma cita como mantra: «Lo real resiste». Este libro es para quienes sientan la necesidad urgente de huir y buscar, por fin, «otra cosa». Un poemario que, en palabras de la autora, busca colmar «una necesidad que quizás el lector no sabía que tenía».

**************************

 A UNA flor no se le grita.

A una flor no se le pide que nazca.

Se puede llorar sobre una flor

rogar compasión a una flor

pero siempre por debajo de la flor.

Uno se rinde a una flor

aunque la arranque para quitarle los pétalos

aunque la pise

o la ahogue tumbándose encima de ella

y toda su familia.

A una flor no se le gasta una broma

porque no la entiende.

A una flor no se le pide amor

porque no lo tiene

porque no lo tiene nadie

como tampoco el aire tiene a la lluvia

aunque la lluvia lo atraviese para llover.

Nadie le pide favores a una flor

nadie intercambia nada con una flor

nadie fabrica intereses con una flor.

La flor está.

La flor está quieta

con sus cosas de flor

su esencia de flor

siempre más pequeña que tú

y más contundente.

Es estoica la flor

y no se puede sacar beneficio de una flor

aunque compres la flor

y vendas la flor

y la lleves a los hospitales

o a los cementerios

o a los cumpleaños.

No puedes comprar una flor

aunque reproduzcas la flor

y te hagas un florero o un campo.

A una flor no se le pone rostro

ni genio.

Una flor no gime

ni mata.

No tiene bebés una flor

no le crece la tripa a una flor

ni se deprime una flor.

A una flor no se le pide que cante

y sigue viva la flor

aunque no pueda cantar.

No sabe que no puede cantar una flor

solo tiene colores

y formas

y olor.

Una flor no piensa

una flor no se lía

una flor no supera sus miedos.

No tiene fantasmas una flor

ni dilemas morales

ni contradicciones

o deseos impíos.

No tiene vergüenza la flor

ni memoria

así que no escribe su autobiografía una flor

ni da consejos de flor una flor.

No da nada una flor

porque no tiene nada una flor.

Tan fácil una flor.

No sé qué hay más cierto que una flor,

más salvable que una flor.

**************************

Libro: UNA LANCHA MOTORA

Autora: Seli Ka

Editorial: Cuadernos del Laberinto

ÚNETE A NUESTRO BOLETÍN