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Pedro J. Cordero recupera la Cáceres de los años sesenta en su primera obra, ´El Pequeño Cernícalo´

CÍRCULO ROJO - Hay novelas que no reconstruyen el pasado desde la épica, sino desde el polvo de la calle, la conversación entre vecinos y la mirada limpia...

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CÍRCULO ROJO - Hay novelas que no reconstruyen el pasado desde la épica, sino desde el polvo de la calle, la conversación entre vecinos y la mirada limpia de quien aún no ha aprendido a juzgar el mundo. El Pequeño Cernícalo, de Pedro J. Cordero, se instala precisamente ahí: en la infancia vivida en un barrio de la ciudad monumental de Cáceres durante los años sesenta, cuando la vida cotidiana se medía por el ritmo del barrio y el cielo todavía era un territorio cercano 

Con un lenguaje deliberadamente sencillo, casi “a ras de suelo”, la novela construye un relato costumbrista donde la experiencia infantil se convierte en lente narrativa: juegos, relaciones callejeras, pequeñas aventuras y un contacto constante con la naturaleza urbana. No como decorado, sino como parte inseparable de la vida: aves, tejados, campanarios y descampados que forman el verdadero mapa emocional del protagonista 

En el centro late una obsesión delicada: la fascinación de un niño por los cernícalos —los “quicas”—, que acompaña su crecimiento y actúa como hilo conductor de la memoria. El ave no es símbolo impuesto, sino presencia real y cotidiana, una criatura vulnerable que atraviesa la historia como parte del aprendizaje sentimental y moral del protagonista 

Leída desde una sensibilidad contemporánea, El Pequeño Cernícalo se acerca a las Humanidades Ambientales: corriente que explora las relaciones entre humanos y otras especies, y cómo esas historias compartidas transforman nuestra manera de habitar el mundo. la conciencia ecológica no aparece como discurso, sino como intuición previa, como educación emocional nacida del contacto directo con lo vivo, en una época anterior a la mirada ambiental actual 

El resultado es una novela de capas múltiples: memoria social, psicología infantil, retrato de época y, sobre todo, una reivindicación silenciosa de aquello que desaparece sin hacer ruido. Un libro que permite al lector reencontrarse con el pasado —propio o heredado— y descubrir un mundo que, visto desde hoy, parece tan real como irrepetible.

SINOPSIS 

Con la mirada limpia de un niño que empieza a conocer el mundo, Pedro J. Cordero nos sumerge en una infancia sin prisa, asombrada por lo pequeño, que hace del barrio y de cada ave del cielo un nuevo descubrimiento. Es la historia de Pablito, un niño sensible y observador, habitante de la Cáceres monumental de los años sesenta.

Tras el nacimiento de su hermana, percibe un silencio nuevo en la casa y halla en las calles su refugio, donde la naturaleza urbana de entonces se despliega con abundancia: vencejos que cortan el aire, hormigas que trazan sendas invisibles y la pluma de un cernícalo, insólita y brillante, que lo impulsa a una búsqueda obstinada. En su camino, la ternura del encuentro con lo vivo y la aspereza de la crueldad gratuita, junto con distintas miradas adultas, van moldeando su aprendizaje: la que enseña con silencio, la que corrige con firmeza y la que abre horizontes.

Entre las piedras antiguas de la ciudad y el pulso de una España en cambio, El Pequeño Cernícalo es la memoria luminosa de una infancia curiosa: una novela que celebra la belleza de lo sencillo, evoca la riqueza perdida de la naturaleza urbana y devuelve al lector esa mirada limpia con que un niño se asombra del mundo.

AUTOR

Pedro J. Cordero nació en Cáceres. Médico y urólogo, trabajó durante más de una década en la sanidad pública. También es biólogo y doctor en Biología. Dedicó gran parte de su vida a la investigación y la docencia universitaria. Fue profesor titular y catedrático en la Universidad de Castilla-La Mancha, y ha publicado numerosos artículos y ensayos de ciencia y divulgación.

Hoy vive a su ritmo, lejos de los despachos y la burocracia, dedicado a observar y a escribir.

El Pequeño Cernícalo es su primera novela: un relato sobre la capacidad de lo pequeño para contener la vida entera y sobre la huella que deja lo que aprendemos a mirar despacio.

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