Entrevista a Yaisy Ferrera, franquiciada oficial y responsable de la primera apertura de un Japanese Head Spa en Tenerife en Puerto de la Cruz.”
Hay historias que no se escriben con teoría empresarial, sino con piel, con lágrimas, con fe y con una familia que sostiene incluso cuando no entiende. Historias que nacen en la intuición, en la necesidad de sobrevivir, en la valentía del que no sabe lo que viene… y aun así se lanza.
La historia de Yaisy es una de esas historias. Una mujer que nació en Cuba, creció en la humildad, buscó su lugar por medio mundo y terminó creando un templo de bienestar en Tenerife. Un templo que nació entre obras, deudas, incertidumbre… y el duelo más grande de su vida.
Hoy, su voz inspira a quienes sienten que no encajan, que no saben por dónde empezar, que creen que ya es tarde o que no tienen suficiente. Porque ella es prueba de que el camino se hace andando… incluso cuando se anda con el corazón roto.
“Cuando diste el salto de empleada a empresaria… ¿qué sentías realmente?”
Yaisy: Sentía una mezcla entre la valentía del ignorante y la ilusión de una soñadora. Mucha gente me decía: “Con lo buena profesional que eres, ¿por qué no te montas por tu cuenta?”. Y yo me lo creí. Pensé que ya tenía todo lo que hacía falta.
Pero vaya chasco. Me lancé sin paracaídas, literalmente. Y aun así, Dios veló por mí.
Si te soy honesta, creo que si hubiera sabido de verdad lo que implicaba emprender… no sé si lo habría hecho. Pero ya estaba tan metida que volver atrás era más difícil que seguir adelante.
“Cuando miras atrás, ¿qué siente esa niña de 5 años que fuiste?”
Yaisy: Siento que soy más de lo que esa niña jamás habría imaginado. Nací en Cuba, en una familia humilde. Mi mayor aspiración era tener un trabajo fijo y un salario mínimo. No tenía ni idea de quién quería ser, solo sabía que me encantaba servir a la gente y hacerles sentir mejor.
Nunca imaginé que esa sería mi profesión, ni mucho menos que acabaría siendo empresaria.
“Probaste muchos trabajos antes de encontrar tu camino… ¿cómo viviste esa etapa?”
Yaisy: Fue una búsqueda desesperada. Doblé camisetas, serví copas, fui camarera, auxiliar de enfermería, hice voluntariado en granjas en Irlanda para aprender inglés… Encontré mil maneras de “cómo NO hacer una bombilla”.
Hasta que un día mi madre me dijo: “Cariño, debe haber algo que sea para ti. No te rindas”.
Me llevó a una formación de Reiki. Y ahí pasó algo mágico: salimos profesionales las dos. Ese fue el inicio de todo.
“Tu madre ha sido un pilar enorme en tu historia…”
Yaisy: Totalmente. Ella me acompañó a todas las formaciones, se aseguraba de que las terminara, y juntas descubrimos el mundo del bienestar. Estética, masaje, terapias… ese universo se convirtió en mi casa.
La magia que ocurre en una cabina… eso no se puede explicar. Solo quien ama esta profesión lo entiende.
“¿Cuándo llegó el momento de emprender por primera vez?”
Yaisy: Cuando me di de alta como autónoma. Yo pensaba que ya me las sabía todas. Qué ingenua.
Trabajábamos en dos cabinas dentro de un coworking, esperando que los clientes descubrieran lo buenas que éramos. Pero después de más de un año, apenas nos daba para pagar los gastos. Ahí sí que trabajamos por pura vocación.
“Y entonces aparece el proyecto del Japanese Head Spa…”
Yaisy: Sí. Mi última locura. Encontré el proyecto del primer Japanese Head Spa en Tenerife y, aunque mi familia creía que no iba a funcionar, me apoyaron igual. Con su corazón… y con todos nuestros ahorros de toda una vida.
La presión era enorme. Estábamos a una mala decisión de quedarnos en la calle.
Pasamos por todo: Locales que no cumplían requisitos, obras que no terminaban, cero ingresos, pagos acumulándose… Lo peor y lo mejor al mismo tiempo, porque nunca habíamos estado tan unidos.
“Tu padre tuvo un papel muy especial en esa etapa…”
Yaisy: Sí. Uno de los recuerdos más hermosos de mi vida fue armar juntos una camilla. Nunca olvidaré su cara enseñándole el local a su amigo de infancia. Él era la persona más escéptica del mundo… y aun así tenía ilusión en los ojos.
Ahí supe que todo iba a ir bien.
“Pero llegó el golpe más duro…”
Yaisy: Justo el día de la inauguración. Mi padre terminó en el hospital y falleció tres días después.
Abrí las puertas del negocio sin él, sin fiesta, sin funeral, sin tiempo para llorar. Había que pagar, había responsabilidades, había clientes que atender… y yo tenía que poner mi mejor sonrisa. Mi mejor papel, digno de un Óscar.
No sé cómo lo hicimos. Solo sé que no podía fallarle a la promesa que le hice: “Voy a ser la primera empresaria de la familia y voy a tener éxito.”
“¿Cuál ha sido tu momento más desmotivador… y al mismo tiempo el más motivador?”
Yaisy: Fue el día que leí mi primera reseña negativa. Ya me habían advertido de que llegaría, que debía ser fuerte, que no todo el mundo estaría feliz con lo que hacíamos. Pero cuando lo viví… dolió.
Nos llamaban desvergonzados, decían que lo nuestro era “un simple lavado de cabeza”, que era una vergüenza cobrar por ello, que era “postureo para influencers”.
Intenté no tomármelo personal, pero por dentro me preguntaba: ¿Qué hice mal? ¿Por qué tanto desprecio?
Ese día seguí sonriendo como siempre. No quería que ningún cliente notara mi tristeza.
Y entonces entró una clienta inglesa con su esposo. Me contó que eran sus primeras vacaciones en años, después de cuidar a su madre con una enfermedad terminal. Se sentía culpable por estar disfrutando.
Me identifiqué tanto con ella que le dije: “Tú te lo mereces más que nadie. Y tu mami lo sabe.”
Al terminar el ritual, me pidió si podía abrazarme. Me susurró al oído: “Gracias por hacerme sentir un ser humano otra vez.”
Esa noche lloré como un bebé. Pero no de tristeza… sino de revelación.
Ahí entendí para quién trabajo, por quién me esfuerzo, quiénes son realmente mis clientes.
Nuestros auténticos clientes no vienen porque no tengan cómo lavarse la cabeza en casa. Vienen por nuestra identidad, por esa conexión especial, por esa hora en la que alguien les recuerda lo importantes que son.
Una hora de dedicación puede poner una tirita en el corazón durante meses… o convertirse en un momento que nunca olvidarán.
Fue especial para ella.
Pero para mí fue un aprendizaje de vida. Ella me recordó mi valor y mi vocación.
“¿Qué significa hoy tu Spa para ti?”
Yaisy: Es mi templo. Un símbolo de logro y de superación. No por ser millonaria ni por ser una figura importante, sino por lo que representa:
Que a pesar de vivir dificultades que creí que jamás superaría… Estoy aquí. Cumplí mi promesa. Y tuve la bendición más grande: mi familia.
Conclusión: Lo que esta historia enseña a quien la lee
La historia de Yaisy no es una historia de éxito tradicional. Es una historia de propósito.
Nos recuerda que:
El éxito no siempre llega por preparación, sino por perseverancia.
Las críticas no definen tu valor, pero sí pueden revelarte tu misión.
La vocación aparece cuando menos lo esperas… y casi nunca en el camino recto.
La familia, incluso con dudas, puede ser el motor más poderoso.
El dolor puede convertirse en legado.
Y que un negocio no siempre es un negocio: a veces es un templo, un refugio, una promesa cumplida.
Este artículo no busca admiración. Busca conexión. Busca que quien lo lea se reconozca en la duda, en el miedo, en la caída… y también en la fuerza que aparece cuando decides seguir adelante.
Porque como demuestra Yaisy: A veces, lanzarse sin paracaídas es la única forma de descubrir que sabes volar.










