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De 'voy al instituto' a 'vivo en el instituto'; 10 diferencias que sorprenden en EEUU

Llegar a un High School de Estados Unidos no consiste solo en hablar inglés todo el día. También significa descubrir que el instituto puede tener equipo...

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Llegar a un High School de Estados Unidos no consiste solo en hablar inglés todo el día. También significa descubrir que el instituto puede tener equipo propio, asignaturas inesperadas, partidos con gradas llenas y una vida que continúa cuando aquí ya estarían todos camino de casa.

Son las 8:00 de la mañana y suena el timbre.

Hasta ahí, todo normal.


Hay mochilas, sueño, gente que llega tarde y quien ya va por su tercer café. Pero hay una diferencia importante: ese instituto está en Estados Unidos.

Un estudiante español que acaba de llegar todavía no lo sabe, pero durante los próximos meses va a descubrir que muchas de las cosas que daba por sentadas sobre el instituto eran, en realidad, bastante españolas. Porque el High School americano no es simplemente un instituto español con taquillas y banderas, sino otra manera de entender la vida escolar.

Y estas son algunas de las diferencias que más sorprenden a quienes cruzan el Atlántico para vivirla.

El instituto puede ocupar casi todo el día

En España existe una regla no escrita bastante sencilla:

Si han terminado las clases, ha terminado el instituto.

En Estados Unidos, no necesariamente. Después de las clases pueden empezar los entrenamientos, los clubes, los ensayos, las actividades o las reuniones de estudiantes.

Las actividades extracurriculares forman una parte importante de la experiencia escolar estadounidense. Eso significa que el lugar donde se estudia también puede ser el lugar donde se juega, se hace teatro, se toca música o se conocen amigos.

La primera semana puede resultar extraño. La segunda, también. A la tercera, quizá el estudiante ya esté preguntándose cómo se las arreglaba antes para aburrirse por las tardes.

El equipo del instituto importa. Mucho.

Hay una diferencia que cuesta explicar hasta que se vive: el equipo del instituto importa. No necesariamente porque todos sean futuros deportistas profesionales, sino porque representa al propio centro.

Los partidos pueden reunir a estudiantes, familias y compañeros en las gradas. Hay camisetas, entrenamientos, celebraciones y una sensación de pertenecer al mismo sitio.

Para un estudiante español, acostumbrado a que su equipo deportivo pertenezca normalmente a un club independiente del instituto, la escena resulta peculiar. El chico que se sienta detrás en Historia puede ser el jugador al que todos están animando unas horas después.

El instituto empieza a parecer menos un edificio y más una pequeña ciudad.

El horario puede esconder sorpresas

Hay una escena que se repite:

Un estudiante español abre su horario, busca Matemáticas y la encuentra; busca Historia, también, y entonces aparece algo inesperado. Puede ser Arte, Psicología, Música, Medios de Comunicación, Tecnología, Teatro, Fotografía o Programación.

La oferta depende de cada centro, pero los High Schools estadounidenses pueden ofrecer una variedad considerable de asignaturas optativas.

Y aquí aparece una posibilidad bastante interesante: estudiar algo simplemente porque llama la atención. No porque esté en el examen ni porque lo haya recomendado nadie.

Porque sí, a veces descubrir qué se quiere hacer en el futuro empieza por apuntarse a una asignatura cuyo nombre sonaba bien.

El profesor también puede aparecer después de clase

En España, la relación profesor-alumno suele estar bastante vinculada al aula. En determinados centros estadounidenses, esa relación puede extenderse a otros espacios de la vida escolar.

Un profesor puede enseñar por la mañana y participar después en una actividad del centro. Un entrenador puede ser también docente. En un Boarding School, profesores y alumnos pueden coincidir además en diferentes momentos de la vida cotidiana del campus.

No significa que el profesor se convierta de repente en el mejor de los amigos. Siguen existiendo los exámenes y, con ellos, la gran frase universal de todo docente:

«Esto entra en el examen».

Pero la relación puede ser más cercana y continua. Y eso se nota.

Hay que aprender inglés... y aprender a entender el instituto

Llegar a Estados Unidos pensando que el principal reto será hablar inglés es bastante lógico.

Hasta que alguien empieza a hablar de GPA, Credits, Electives, Courses, Requirements… y el cerebro decide tomarse cinco minutos de descanso.

El sistema educativo estadounidense tiene sus propias reglas y puede variar según el centro y el estado. Por eso, durante las primeras semanas, el estudiante aprende dos idiomas: el inglés y el idioma secreto de los institutos americanos.

La buena noticia es que el segundo se aprende rápido, sobre todo después de preguntar varias veces qué significa la misma sigla.

En un Boarding School, salir del instituto puede no ser una opción

Aquí la cosa cambia de verdad.

Un Boarding School es un centro en el que los estudiantes también viven. No hay autobús de vuelta a casa a las tres de la tarde: el campus se convierte en casa durante el curso.

Allí se estudia, se duerme, se come, se entrena y se pasa tiempo con los compañeros. Las personas con las que se comparte una clase por la mañana pueden ser las mismas con las que se cena por la noche.

Programas especializados como los que gestiona Deaquiparafuera permiten a estudiantes españoles cursar un High School en Estados Unidos en este tipo de centros, con diferentes opciones académicas, deportivas y artísticas.

Y eso cambia una cosa fundamental:

el instituto deja de ser un lugar al que se va.

Se convierte en un lugar en el que se vive.

El instituto puede tener mascota

Sí, una mascota. No es una broma.

Muchos centros estadounidenses tienen sus propios símbolos, colores, equipos y tradiciones. Todo ello contribuye a crear una identidad compartida alrededor del High School.

Desde fuera puede parecer un poco excesivo, hasta que se lleva allí unas semanas y se da cuenta de que empieza a reconocer los colores del equipo, sabe cuándo juega y entiende perfectamente por qué todo el mundo está hablando de lo mismo.

La identidad del instituto puede convertirse en una especie de camiseta invisible. Y los estudiantes se la ponen.

Hacer amigos puede empezar sin hablar demasiado

Llegar con 15 o 16 años a otro país tiene una parte incómoda que nadie puede eliminar:

el primer día todo es desconocido.

Además, el inglés puede no salir exactamente como estaba previsto. En la cabeza todo sonaba perfecto; en voz alta, quizá no tanto.

Pero hay una pequeña trampa a favor del estudiante internacional: no todo empieza hablando. Puede empezar jugando, entrenando, tocando música, haciendo teatro, entrando en un club o compartiendo una afición.

Y cuando dos personas tienen algo que hacer juntas, el idioma deja de ser una pared y empieza a ser simplemente otra cosa que aprender.

La independencia llega en pequeñas cosas

No hay una escena cinematográfica en la que alguien salga de casa siendo adolescente y vuelva convertido en adulto. La independencia funciona de otra manera.

Llega cuando hay que organizarse solo, cuando hay que cumplir un horario, cuando toca convivir con alguien que tiene costumbres completamente diferentes o cuando algo sale mal y hay que buscar una solución.

Un curso en un Boarding School implica precisamente esa convivencia diaria, aunque dentro de un entorno educativo con supervisión y acompañamiento.

Son pequeñas decisiones, pero muchas pequeñas decisiones juntas hacen algo curioso: un día el estudiante se da cuenta de que lleva semanas resolviendo cosas que antes ni siquiera se planteaba.

La mayor diferencia aparece cuando vuelve

Esta parte no aparece en las fotos del viaje. Llega meses después.

El estudiante vuelve a España. Su habitación sigue ahí, sus amigos siguen ahí, su instituto sigue ahí y las calles son las mismas.

Pero él tiene ahora un pequeño problema: tiene dos normalidades.

La española y la que construyó al otro lado del Atlántico.

Ahora sabe que un instituto puede tener un equipo al que todo el mundo anima, que una asignatura puede elegirse simplemente porque despierta curiosidad, que los compañeros pueden venir de países diferentes y que el lugar donde se estudia también puede ser el lugar donde se vive.

No es que Estados Unidos le haya enseñado cuál es la manera correcta de hacer las cosas. Le ha enseñado algo bastante más interesante:

que no existe una única manera de hacerlas.

Entonces, ¿qué es lo que realmente cambia?

El inglés cambia, el horario cambia, las asignaturas cambian, el deporte cambia y la forma de relacionarse cambia.

Pero probablemente el cambio más interesante no está en ninguna de esas cosas. Está en descubrir que el instituto no tiene por qué ser siempre como el instituto que se conocía.

Puede tener gradas, un equipo, un campus o una asignatura que jamás habría imaginado estudiar. Puede estar lleno de gente que hasta hace unos meses vivía a miles de kilómetros de distancia.

Y puede convertirse, durante un curso, en casa.

Pero quizá lo más interesante ocurre entre una clase y otra: cuando un estudiante español deja de comparar constantemente su nuevo instituto con el que dejó en España y empieza, sencillamente, a sentir que ese lugar también es suyo.

Y ahí es cuando estudiar fuera deja de parecer una película americana.

Empieza a convertirse en su propia historia.

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