El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha sufrido este martes una derrota electoral de gran calibre: los demócratas han recuperado el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado en las elecciones de medio mandato. El resultado supone un veredicto contundente sobre su segunda administración, sobre la economía, la inflación y su estilo de gobierno.
Las principales cadenas estadounidenses han proyectado que los demócratas alcanzarán al menos 51 escaños en el Senado, la cifra necesaria para gobernar sin depender del voto de desempate del vicepresidente, JD Vance. En la Cámara Baja, las proyecciones les atribuyen unos 244 escaños, muy por encima de los 218 requeridos para la mayoría.
Trump admite el revés, pero se defiende
Trump ha reconocido la derrota republicana en un mensaje en Truth Social, aunque ha intentado restarle significado político al sostener que los republicanos habrían "arrasado" si su nombre hubiera aparecido en las papeletas. "No me presenté a las elecciones y, de haberlo hecho, ¡habríamos ganado por una aplastante mayoría!", ha escrito el presidente, según han reproducido medios internacionales.
Antes del cierre de las urnas, Trump ya había anticipado una posible derrota al declarar que "por alguna razón, el presidente en ejercicio no gana las elecciones de mitad de mandato". También había advertido de que, si perdía el control del Congreso, usaría su poder de veto para frenar la legislación demócrata. No obstante, en declaraciones al New York Times, el mandatario ha dicho estar "absolutamente dispuesto" a aceptar los resultados y a trabajar con los demócratas.
Un castigo que llega a estados republicanos
El resultado no se ha limitado a los estados tradicionalmente competitivos. Los demócratas han ganado escaños en Texas, Kansas, Carolina del Sur, Ohio, Iowa y Carolina del Norte, territorios en los que Trump había obtenido victorias amplias en comicios presidenciales recientes.
Entre las victorias más simbólicas figura la de James Talarico en Texas, la primera conquista demócrata de un escaño senatorial en ese estado en 38 años. También destaca la de Annie Andrews en Carolina del Sur, donde ha derrotado a Darline Graham, candidata respaldada personalmente por Trump y hermana del fallecido senador Lindsey Graham. En la Cámara de Representantes, los demócratas también han arrebatado distritos rediseñados para favorecer a los republicanos, entre ellos escaños en Kentucky, Nueva Jersey y Carolina del Norte.
La economía, en el centro del voto
Las encuestas a pie de urna citadas por medios internacionales apuntan a que el coste de la vida fue determinante: cerca de nueve de cada diez votantes lo consideraron un asunto crucial o importante. Los aranceles comerciales, el conflicto con Irán y el encarecimiento de alimentos y combustibles pesaron en el descrédito de la gestión republicana.
Un sondeo de NBC recoge además que el 43% de los votantes interpretó la jornada como una oportunidad para expresar su rechazo al presidente, cuya desaprobación alcanzaba el 62% en esa misma encuesta. La participación anticipada fue también notablemente alta, con más de 50 millones de personas que votaron antes del día electoral, por encima de los niveles de hace cuatro años en casi todos los estados clave para el Senado.
Un Congreso en manos de la oposición
La pérdida de ambas cámaras convierte a Trump en un presidente "pato cojo" durante los dos años que le restan de mandato. Los demócratas podrán bloquear o condicionar su agenda legislativa, controlar comisiones de investigación y dificultar la confirmación de nombramientos.
Los republicanos llegaban a la jornada con una ventaja de 53-47 en el Senado y de 219-214 en la Cámara. La inversión de ambas mayorías representa uno de los peores resultados para el partido de un presidente en unas elecciones intermedias. Para la oposición, la victoria abre una nueva etapa de resistencia institucional y anticipa una batalla interna por la candidatura presidencial de 2028. Para Trump, el desafío inmediato será gobernar con un Congreso hostil, una economía bajo escrutinio y un partido obligado a replantearse su futuro electoral.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha sufrido este martes una derrota electoral de gran calibre: los demócratas han recuperado el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado en las elecciones de medio mandato. El resultado supone un veredicto contundente sobre su segunda administración, sobre la economía, la inflación y su estilo de gobierno.
Las principales cadenas estadounidenses han proyectado que los demócratas alcanzarán al menos 51 escaños en el Senado, la cifra necesaria para gobernar sin depender del voto de desempate del vicepresidente, JD Vance. En la Cámara Baja, las proyecciones les atribuyen unos 244 escaños, muy por encima de los 218 requeridos para la mayoría.
Trump admite el revés, pero se defiende
Trump ha reconocido la derrota republicana en un mensaje en Truth Social, aunque ha intentado restarle significado político al sostener que los republicanos habrían "arrasado" si su nombre hubiera aparecido en las papeletas. "No me presenté a las elecciones y, de haberlo hecho, ¡habríamos ganado por una aplastante mayoría!", ha escrito el presidente, según han reproducido medios internacionales.
Antes del cierre de las urnas, Trump ya había anticipado una posible derrota al declarar que "por alguna razón, el presidente en ejercicio no gana las elecciones de mitad de mandato". También había advertido de que, si perdía el control del Congreso, usaría su poder de veto para frenar la legislación demócrata. No obstante, en declaraciones al New York Times, el mandatario ha dicho estar "absolutamente dispuesto" a aceptar los resultados y a trabajar con los demócratas.
Un castigo que llega a estados republicanos
El resultado no se ha limitado a los estados tradicionalmente competitivos. Los demócratas han ganado escaños en Texas, Kansas, Carolina del Sur, Ohio, Iowa y Carolina del Norte, territorios en los que Trump había obtenido victorias amplias en comicios presidenciales recientes.
Entre las victorias más simbólicas figura la de James Talarico en Texas, la primera conquista demócrata de un escaño senatorial en ese estado en 38 años. También destaca la de Annie Andrews en Carolina del Sur, donde ha derrotado a Darline Graham, candidata respaldada personalmente por Trump y hermana del fallecido senador Lindsey Graham. En la Cámara de Representantes, los demócratas también han arrebatado distritos rediseñados para favorecer a los republicanos, entre ellos escaños en Kentucky, Nueva Jersey y Carolina del Norte.
La economía, en el centro del voto
Las encuestas a pie de urna citadas por medios internacionales apuntan a que el coste de la vida fue determinante: cerca de nueve de cada diez votantes lo consideraron un asunto crucial o importante. Los aranceles comerciales, el conflicto con Irán y el encarecimiento de alimentos y combustibles pesaron en el descrédito de la gestión republicana.
Un sondeo de NBC recoge además que el 43% de los votantes interpretó la jornada como una oportunidad para expresar su rechazo al presidente, cuya desaprobación alcanzaba el 62% en esa misma encuesta. La participación anticipada fue también notablemente alta, con más de 50 millones de personas que votaron antes del día electoral, por encima de los niveles de hace cuatro años en casi todos los estados clave para el Senado.
Un Congreso en manos de la oposición
La pérdida de ambas cámaras convierte a Trump en un presidente "pato cojo" durante los dos años que le restan de mandato. Los demócratas podrán bloquear o condicionar su agenda legislativa, controlar comisiones de investigación y dificultar la confirmación de nombramientos.
Los republicanos llegaban a la jornada con una ventaja de 53-47 en el Senado y de 219-214 en la Cámara. La inversión de ambas mayorías representa uno de los peores resultados para el partido de un presidente en unas elecciones intermedias. Para la oposición, la victoria abre una nueva etapa de resistencia institucional y anticipa una batalla interna por la candidatura presidencial de 2028. Para Trump, el desafío inmediato será gobernar con un Congreso hostil, una economía bajo escrutinio y un partido obligado a replantearse su futuro electoral.